miércoles, 24 de abril de 2013

(∩º-º)⊃━☆゚. * ・ 。゚ LA MAGA


y seguimos celebrando el dia del libro 
en este blog de voraces lectores
 Edith Aron, la maga de Cortázar,
por Alejandra Carmona López.
Domingo 11 de septiembre de 2005


"Hay cosas que no le perdono a Julio"

La mujer que inspiró el entrañable personaje de “Rayuela” recuerda los paseos con el escritor por París y la vez que dieron sepultura a un paraguas para que no cayera en el indigno tacho de la basura. Desde Londres, Edith confiesa que aunque las casualidades la unieron a Cortázar, la decepción terminó por alejarla.

Edith Aron cumplió 82 años el domingo pasado, pero su memoria no falla. Sus recuerdos están intactos y habla de ellos como si los volviera a vivir, como si le produjeran la misma alegría, la misma ternura y también la misma frustración.

Vive en St. Jonhn’s Wood, un barrio de primera en Londres. Mientras contesta por teléfono esta entrevista, mira desde su ventana un árbol, sus libros y un pedazo de cielo. Aunque nos separan miles de kilómetros, su calidez ignora la distancia. “Yo no soy la Maga”, se apura en decir, a pesar que su presencia quedó grabada con fuego en la mente de toda una generación que quiso ser ella y que también quiso amarla como si no hubiera otra posibilidad en el planeta.

Cortázar la inmortalizó en su libro “Rayuela” y a ella eso todavía le parece divertido. En el papel quedaron sus divagaciones, la magia que aún posee y la inocencia que todavía perdura.

Sentada en uno de los sillones de su departamento, a pasos de la Abbey Road que The Beatles dio a conocer al mundo, recuerda al hombre que alguna vez amó y que también le causó una de sus mayores tristezas, cuando la alejó de su circuito de traductores.

Edith Aron juega con la fantasía. Mientras yo imagino su vida, ella trata de reconstruir el Santiago que conoció alguna vez y el Quilpué que visitó cuando venía a ver a la hermana de su madre. Por supuesto, también recorre los episodios que hicieron que la casualidad de sus encuentros con Julio fueran lo menos casual en sus vidas.

EL AZAR

La primera vez que lo vio le llamó la atención su porte, su presencia y la forma de pronunciar la “r” a la francesa, desde la garganta. Lo escuchaba con detención hablar a lo lejos en medio del humo y el jolgorio de ese salón de tercera. Viajaban desde Buenos Aires a París en el barco italiano “Conte Biacamano”, sintiendo la brisa de ese 6 de enero de 1950.

Esa noche, el lugar se inundó de las miradas cómplices, de la imagen de un Julio Cortázar que años más tarde sería uno de los mejores escritores del mundo.

Los días en el mar terminaron sin que ella sintiera más que atracción por el joven alto, amable y de rasgos acromegálicos. En su mente quedaron sus ojos y el recuerdo de él tocando piano a cuatro manos con un amigo. Unos cigarrillos Gitanes. Un par de tangos.

“Esa noche, yo estaba sentada a la mesa con unas compañeras de habitación. Una italiana que estaba embarazada y una monja que decía que iba a rezar por mí. Una de ellas me dijo que invitáramos a Julio a la mesa, pero no sé qué pasó, todo estaba muy raro y finalmente no lo llamamos”, recuerda Edith.

Con prisa y luego de unos días en el mar, el barco llegó hasta Cannes. No cruzó una sola palabra con el enigmático viajero. Quería llegar pronto donde su padre. No lo veía hace 15 años. De la mano de su madre, lo había abandonado presionada por el desastre que estaba causando el nazismo, pero todavía mantenía intacto el recuerdo del Sarre, su lugar de origen: un territorio ubicado entre Francia y Alemania que no había escapado del ansia de poder de Hitler.

Pasó un tiempo desde aquel viaje por el mar y un día en una librería del Boulevard Saint Germain, en París, se volvieron a ver. Se reconocieron de inmediato. Ella iba a dejar un encargo que traía desde Buenos Aires y lo miró sorprendida por el destino. Por primera vez cruzaron palabras.

“Nos volvimos a encontrar por tercera vez. Yo estaba en el cine viendo una película muda, ‘Juana de Arco’. Luego, nos vimos en los Jardines de Luxemburgo y Julio me invitó a tomar un café. Para él, las casualidades eran muy importantes”. Esa tarde caminaron y descubrieron que tenían amigos comunes en Buenos Aires, intercambiaron direcciones y las citas comenzaron a ser más frecuentes. Edith tenía 23 años y Julio 32.

Ella se reía con sus ocurrencias. “Era mi primer encuentro con un gran intelectual. Sabía tanto, pero nos llevábamos bien porque tenía un gran sentido del humor. Él se reía un poco de mí, tenía una cultura superior. Yo me sentía tan impresionada. Inventaba muchas cosas. Ese día le llamó la atención un árbol con raíces enormes y me recitó un poema: ‘Trees’”.

Sus paseos se hicieron cada vez más habituales. “Un día llegamos hasta Jardin des Plants. Ahí descubrimos los Axolotl que lo dejaron muy impresionado. Luego de andar, yo en mi vieja bicicleta y él en la suya de marca Aleluya, nos detuvimos. Apoyados contra un árbol me leyó un cuento muy lindo. Me hizo llorar porque me hacía recordar muchas cosas de Buenos Aires y él también se emocionó porque a mí me emocionaba. Entonces me dijo que si alguna vez lo publicaba me lo iba a dedicar”.

Años más tarde, cuando ya no estaban juntos, ese relato se convirtió en parte de “Final del juego”. Y ella le reprochó que no hubiese cumplido con la dedicatoria. “Él me dijo: ‘!Pero si a ti te dediqué un libro completo!’”, recuerda Edith y suelta una carcajada.

Así se hizo testigo de algunos de sus relatos. “Un día, mientras comíamos y él jugaba con unas migas de pan que estaban sobre la mesa, me miró y comentó: ‘Tengo ganas de escribir un libro mágico’”. Así nació “Rayuela”.

AURORA

Edith cuenta que por esos años, Cortázar encontró un departamento y la invitó a vivir con él. “Pero yo quería estudiar, por eso no quise aceptar. También se le ocurrió abrir una librería y era posible gracias a mi pasaporte francés, pero nada de eso pasó, porque después él encontró trabajo en la Unesco”.

En diciembre de 1952, Cortázar invitó a Aurora Bernárdez a París. “Él la admiraba y tenían muchos más puntos en común que conmigo. A mí me hizo mucho daño su decisión de casarse con ella. Él quería que siguiéramos siendo amigos y me invitaba a su casa, pero a mí me dolió eso”, recuerda Edith.

Hasta ese momento, ella no sabía que había inspirado el libro más famoso de Cortázar. En 1963, Julio le envió por correo una copia de “Rayuela”. Edith recuerda la dedicatoria en la primera página y también su rabia cuando se enfrentó a esas líneas. “Yo tomé el libro y arranqué la hoja. Me parecía tan frío lo que ahí decía. Luego, por carta, me contó que había un personaje en ‘Rayuela’ que estaba inspirado en mí”.



LA MAGA

En la novela vio reflejados sus paseos, algunas de sus conversaciones. Ella era la Maga, la mujer inocente que se bañaba en las aguas de la metafísica, intuitiva, aunque no tan culta como el mundo intelectual que la rodeaba.

Edith sabe que sólo sirvió de inspiración porque hay cosas de ella que no son reales y que forman parte del personaje literario. “Yo no andaba despeinada ni con los zapatos rotos. No era petulante ni malcriada”, dice. Aunque la mejor coartada de Cortázar será siempre que “para ver a la Maga como él quería tenía que empezar por cerrar los ojos”.

Sin embargo, hay capítulos del libro que forman parte de su vida y que están ahí, en sus recuerdos. Como aquel día que sacrificaron un paraguas viejo en el barranco del Parc Montsouries un atardecer helado de marzo. “Lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída... y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de la basura… lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado…”, dice “Rayuela”, y Edith nuevamente lanza un grito en el que Cortázar creyó reconocer una imprecación de valkiria. “Oh, sí -ríe-, todo eso es cierto. Eso fue divertido, muy divertido”.

Pero los parques, los Axolotl, la casualidad y su delgada cintura se perdieron en la decepción en que terminó su relación con el escritor.

CUENTAS PENDIENTES

Edith guarda los mejores recuerdos de esos años. Fue un tiempo de aprendizaje, de romanticismo y de muchos, muchos días que sirvieron para alimentar la memoria.

Sin embargo, también hay un episodio que aún no olvida y que la llevó a reconstruirse, especialmente en su profesión.

Ella ya había traducido varios cuentos de Cortázar al alemán cuando su madre se enfermó y viajó a Argentina. Entre 1963 y 1964 debió estar a su lado. “Yo le pedí que me ayudara a explicar la situación, porque esto significaba que me atrasaba con unos manuscritos; pero cuando volví, ya nadie me quería haciendo sus traducciones”, cuenta.

A pesar que ya han pasado más de 40 años desde aquel episodio, aún no lo borra: “Sus cuentos traducidos por mí tenían mucho éxito. Esto en nada toca el afecto que siento por él, pero me falló. Ya no hice otro libro con traducciones; para mí, eso fue realmente indignante. No lo puedo perdonar, no puedo. Cambió la estructura de mi vida con eso”, dice aún con rabia.

En ese momento, Edith no comprendió la situación y fue sólo hace unos años -cuando se dio a conocer la correspondencia de Julio Cortázar- que ella entendió todo.

Apenas llegó la publicación a la Librería Británica, en Londres, descubrió la carta que Cortázar escribió al editor Paco Porrúa en 1964:

“No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás ‘Rayuela’ traducida por ella? (…) En ‘Rayuela’, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea…”, escribió Cortázar, y cuando lo leyó, a Edith se le derrumbó el mundo.

“Tuve que empezar de nuevo. Trabajé como profesora de alemán en el Goethe de Buenos Aires. En eso me sirvió mi infancia, mi formación. Yo creo que finalmente él me confundió con el personaje literario que creó. Eso no fue leal. No fue un gentleman”.



Edith cree que Cortázar estaba enamorado de su obra, y su suerte en ese momento no le importó mucho. “Él estuvo en Londres después, en 1977, para arreglar lo de las traducciones, y me dijo que eso no hubiera sucedido si yo hubiese estado en Francia. Pero todo eso era muy vago y él ya era muy famoso. Tuvimos mala suerte los dos, pero él ganó y yo perdí”.

La última vez que Edith vio a Cortázar fue en 1978, en un vagón de la estación South Kensington en Londres. Él iba acompañado de Carol Dunlop, su última esposa. “Se sentó a mi lado y me preguntó si no creía que era una casualidad que nos encontráramos allí, pero no. Yo le dije que ya no creía en las casualidades. Nunca pensé que sería la última vez, por eso me impresioné cuando un día en un café de Londres, leyendo un diario, me enteré que Julio había muerto”.

Y aunque los recuerdos le dejan otra vez el corazón en los huesos, ella se ríe. Y comienza de nuevo con sus relatos, sobre todo. Se vuelve a reír, y me cuenta de su hija Johanna, de la celebración de sus 82 años en The Orangine. Me repite que no es la Maga. Y yo le creo a Julio.


Mas info:"la nacion"


Yobailopogo! 
-¿y tu? ¿Cuántos "Eres el amor de mi vida" has tenido?-

4 comentarios:

fanntine dijo...

No he leído Rayuela pero definitivamente lo haré, es una historia con magia....

Hace años pensé que lo había encontrado, ahora se que no, sólo era un alma compatible con una historia que no pudo ser.

Saludos reptilio

Vale dijo...

Son 4 hombres a los que les he inventado un personaje de el que he quedado enamorada y dolida al final solo es uno, pues a los cuatro les adapte el mismo.

Fernanda Sandoval dijo...

Con cada oración me enamoro más del libro... que buen final el de los personajes reales, ¿no?

reptilio dijo...


fanntine: pues si, ojala te guste

Vale: ya ves

C'est moi: no lo se, osea si, pero no se, hahaha quiza si me hubiera gustado que se quedaran ahi, pero así no hubieramos conocido a Talita